La importancia de gestionar la explosión de emociones que la Navidad genera en tus hijos

La Navidad es una de las celebraciones más familiares que hay a lo largo del año, y que tiene una fuerte carga psicológica. Las relaciones interpersonales siempre son complejas y más en esta época del año: cada celebración de Navidad va generando una historia de la que formamos parte, en la que ocupamos un lugar determinado, específico y diferenciado del resto, que nos lleva a tomar conciencia del lugar que ocupamos en la jerarquía familiar y, por lo tanto, de nuestra posición en el mundo y la que ocupan nuestros apoyos y referentes.

La Navidad pone a prueba también la estructura familiar, sus normas y transmisión de valores, que articularán nuestros principios. Una familia estructurada es también una familia organizada en torno a patrones de encuentro, con un carácter ritual que hace que, ciclo a ciclo, estos sean una fuente de seguridad, manteniéndonos unidos no sólo de manera simbólica, sino también en la realidad. Los más adultos experimentan también la presión del discurso moral, religioso y social, y de otros factores como: encuentro, esfuerzo solidario, exigencia, añoranza y evaluación anual, generando retos y desafíos para los que no siempre estamos preparados.

El compromiso externo que nos lleva a reunirnos adquiere un valor de autenticidad, favoreciendo la continuidad, evidenciando las ausencias, fortaleciendo la construcción de nuestra identidad y la adquisición de una mayor estabilidad emocional y sensación de pertenencia. Está en la base de nuestros más tiernos y definitorios recuerdos de infancia a través de los cuales se construye nuestra autoestima e historia de vida. Gestionarlo adecuadamente es imprescindible para contar con un buen concepto de uno mismo y una buena salud emocional.

Como puedes ver, la cuestión no es baladí. Si nos centramos en los más pequeños: la Navidad representa, además, descanso de rutinas, visitar lugares y personas a las que normalmente no ve, y  regalos y más regalos… que generan una explosión de emociones que deben ser atendidas.

Entendemos por emociones los estados afectivos, entrelazados con cambios fisiológicos y hormonales, e interpretaciones subjetivas de la experiencia que generan una actitud y/o comportamiento. Representan la vivencia más íntima de una experiencia. Son esenciales para la vida por su altísima función en la supervivencia, ya que nos dan información e impulsan a la acción de manera instantánea. Por ejemplo:

– El miedo anticipa una amenaza y lleva a buscar protección.

– La sorpresa genera desconcierto y prepara para la adaptación.

– La aversión hace sentir rechazo y nos ayuda a alejarnos.

– La ira, con rabia y enfado, empuja a destruir.

– La alegría, provocando disfrute, estimula a vivir.

– La tristeza, con pena, soledad o pesimismo,  invita a una reintegración personal.

Además de esta función, las emociones juegan un papel fundamental en los procesos de salud y construcción de la persona, ya que ayudan a recordar, a decidir, preparan, motivan y guían. Son tan necesarias que un manejo inadecuado de ellas puede acarrear un bloqueo o, incluso, una enfermedad, estando en el origen de muchos trastornos mentales graves.

Los padres son los primeros responsables del desarrollo de los vínculos afectivos en su hijo, que influyen en su aprendizaje, la adquisición del lenguaje y la adopción de valores morales. Siendo, a través de esta relación de apego que genera el adulto, el medio por el que el niño se siente seguro de sus figuras de referencia, permitiéndole desarrollar la confianza que necesita para poder crecer sanamente.

Sin embargo, la buena intención de la mayoría de los padres es una condición necesaria pero no suficiente, ya que además requiere una estrategia planificada, sistemática y efectiva en habilidades emocionales, donde validación, regulación y gestión nos resulten cada vez más familiares, con el objetivo de mejorar nuestro bienestar, relaciones  y rendimiento.

No sólo tu hijo aprenderá a captar sus sentimientos y necesidades con más claridad, sino que los padres le comprenderéis mejor y hará sentiros más conectados y fuertes, favoreciendo estar informados e intervenir en cualquier situación que preocupe al hijo, transmitiéndole una confianza que llevará consigo en el resto de las relaciones que genere, dotándole de fortaleza emocional y compasión, habilidades fundamentales para manejar los desafíos de la vida.

Los estudios demuestran, que padres que se sienten más felices y satisfechos personalmente tienden a transmitir ese bienestar en las relaciones con sus hijos

¿Cómo poner en práctica las habilidades emocionales en Navidad?

Al  ser fechas de gran trascendencia y que dejan marca en las personas, es conveniente entrenar habilidades emocionales:

–           Revisa y respeta tus emociones, deseos y expectativas, de forma que te cuides y no te comprometas más allá de tus capacidades físicas y emocionales. Planifica ritmos, solicita colaboración con tareas en casa, delega y, lo que es más importante aprende a decir no cuando lo necesites.

–           Intenta ser auténtico y asertivo, reflexionando y expresando lo que piensas y sientes, sin herir a los demás o descalificar sus opiniones, y si conectas con emociones de tristeza o vacío, puede ayudarnos a tomar conciencia de asuntos que quizá puedas mejorar.

–           Respeta y valida las emociones y sentimientos propios y de todos, especialmente de tus hijos, sin emitir juicios, permitiéndoles que expresen plenamente lo que sienten, enseñándoles de esta manera que las emociones no son amenazadoras y pueden estar seguros con ellas.

–           Aplica hábitos de comunicación más saludables. Introduce mejoras concretas que te comprometas a practicar con constancia, paciencia, autocontrol, y reflexión.

–           Relativiza, evitando darle a estos días más importancia de la que realmente tienen. No necesitas la Navidad para reunirte con tus seres queridos, tener un detalle con una persona estimada o solucionar un conflicto pendiente.

–           Disfruta con los tuyos a tu manera y sin dejarte arrastrar de la exagerada publicidad que nos incita al consumo y expectativas ajenas.

–           Planifica una actitud más auténtica para que esta Navidad sea diferente y observa qué pasa.

Disfruta de la Navidad, pero sobre todo, disfruta de la gente que tienes alrededor y de la oportunidad de tenerla cerca estos días.

María Bustamante, psicóloga especialista en Psicología Infantil y Familiar.
Directora de la Unidad de Psicología Infantil.
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